EL INICIO DE LA CUARESMA: “CONVIÉRTETE Y CREE EN EL EVANGELIO”
El tiempo de Cuaresma comienza con una invitación clara: “Conviérte y cree en el evangelio”. El imperativo cuaresmal a la conversión procede del inicio del ministerio público de Jesús tras su bautismo en el Jordán y cuarenta días en el desierto. El núcleo de la predicación de Jesús es este: “Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio” (Mc 1,15).
Este es el evangelio que proclama, la buena noticia o promesa de Dios: que el tiempo de espera ha concluido y que Dios comienza desde ahora a tomar las riendas de la historia. Este es el acontecimiento proclamado: Dios se introduce en la historia para salvarla.
En este sentido, la llegada de Jesús inaugura un tiempo nuevo, el tiempo de la cercanía de Dios, de la llegada de su salvación-Salvador. El tiempo se ha completado, se ha llenado y ha sido llevado a su final más radical. Un tiempo nuevo comienza. San Pablo nos dira: Cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos la adopción filial (Gál 4,4).
¿Cuál ha sido el motivo para que se cumpla este kairós? La llegada del Reino de Dios. El verbo eggizein (“está cerca”) está en perfecto indicando una acción pasada con efectos continuos en el presente.
Expresa, por tanto, una cercanía tan próxima de la realidad del Reino que se puede experimentar ya aquí y ahora. Y entonces nos preguntamos: ¿Cuál es la realidad del Reino que llega? Y respondemos: Dios. Dios que reina. Eso significa la expresión Basileia tou Theou.
En la mentalidad judía significa el establecimiento del señorío divino en la creación contra sus efectos negativos. El pueblo de Dios, oprimido en ese momento por el Imperio Romano, esperaba su liberación para siempre al igual que Yahveh los había liberado en Egipto. La paradoja está en que Dios los va a liberar pero no al modo en que esperaban, sino desde el ocultamiento.
Frente a la creencia de un Dios que iba a irrumpir contra el opresor, liberando así a los que le habían sido fieles, Jesús anuncia un reino diferente, el de la adopción filial, el de hacernos hijos.
El reino de Dios no se refiere a un territorio geográfico, sino a la soberanía de Dios que se hace presente en la vida de las personas y en el mundo. Esta cercanía del reino implica una nueva relación con Dios, caracterizada por la confianza, la obediencia y el amor. Jesús no solo anuncia este reino, sino que lo encarna en su propia persona y ministerio, a través de sus palabras, acciones y milagros.
Para ello necesita una respuesta de conversión y fe en esta buena noticia. Una respuesta donde Dios se convierte en el centro de la vida y de la historia, donde Dios estructura la propia sociedad de una manera más justa y digna, donde cada ser humano mira la realidad desde la perspectiva del amor de Dios, un mundo que vive orientado hacia lo alto.
- LA LLAMADA A LA CONVERSIÓN
La vivencia de la cercanía de Dios nos muestra siempre la desproporción entre su iniciativa de acercarse y nuestra voluntad de vivir desde Él.
Nos sentimos limitados, pecadores, vulnerables. Y es ahí donde se manifiesta la gracia de la conversión que tiene como punto de partida la experiencia de Dios en nuestra vida, pero que necesita también de nuestra iniciativa de vivir en su presencia y su mirada.
La conversión a la que nos invita Cristo es la metanoia (meta = «más allá» y nous = «mente»). Esto es, un cambio de perspectiva, una nueva manera de enfocar la vida, una transformación radical en nuestra forma de percibir la realidad desde la presencia de Dios.
¿En qué consiste este cambio de mirada? En vivir desde la práctica de la presencia de Dios. Despertar a la realidad de que Dios está presente en nuestra vida cotidiana. Si el Reino es la presencia soberana de Dios aquí y ahora, entonces «convertirse» significa girar nuestra atención hacia esa Presencia. Significa dejar de vivir distraídos y empezar a vivir conscientes de Él.
- LA CONVERSIÓN: «PRÁCTICA DE LA PRESENCIA DE DIOS»
En el regreso de su viaje apostólico a Turquía y Líbano a finales de 2025, le preguntaron en la rueda de prensa sobre un libro que ayudara a comprender la espi
tualidad del Papa León XIV. Y él aconsejó un libro titulado “La práctica de la presencia de Dios”. Un libro del siglo XVII en el que el hermano Lorenzo, convertido tras una sencilla experiencia al contemplar la desnudez de un árbol en invierno, decide entrar en un convento como hermano laico carmelita y se convierte en cocinero y reparador de sandalias. En medio de la rutina consigue vivir la santidad desde el ejercicio de la presencia de Dios. Los hermanos se dan cuenta de que este hermano tímido consigue transparentar una felicidad inaudita, cuyo secreto es descubierto por Joseph de Baufort, consejero del Arzobispo de París, al publicar cuatro conversaciones y quince cartas que os invito a leer.
En el retiro de adviento, vimos cómo Byung-Chul Han nos invitaba a mirar-contemplar y no comer-consumir, y para ello nos decía: la atención contemplativa es esencial para mirar. Basándose en los escritos de Simone Weil el autor alerta sobre la necesidad de la atención:
Hoy en día nos distraemos constantemente. Saltamos, tambaleándonos incluso, de una información a otra, de un estímulo a otro. Esta constante distracción ha bastado para que Dios nos haya abandonada: “Dios es la atención sin distracción”.
Sobre Dios
Por eso, nos invita a vivir desde una atención profunda, contemplativo, que se dirija a lo duradero, lo que permanece: Quien no es capaz de mantener una atención contemplativa, de mirar, no puede acceder a la verdad. Así lo entiende el hermano Lorenzo:
He abandonado toda forma de devoción y de oración excepto aquellas a las que me obliga mi estado. Y me afano sólo en perseverar en su santa presencia, que mantengo prestando una sencilla atención a Dios y y un agradable aprecio por Dios; que podría llamar una real presencia de Dios o, por decirlo mejor, una conversación habitual, silenciosa y secreta del alma con Dios. (Segunda carta).
La Práctica de la Presencia De Dios
La conversión por tanto consiste en poner atención en vivir en la presencia de Dios. Muchas veces vivimos la Cuaresma como un tiempo de propósitos que eliminan en nuestra vida aquello que supuestamente creemos que impide nuestra relación con Dios. Sin embargo, es más bien reconocer que cuando nos consideramos pecadores y pedimos perdón, Dios se hace presente en nuestra vida de una forma nueva. Poner nuestro corazón en Dios, hacer el pequeño esfuerzo cotidiano por estar en su presencia y tener una conversación continua con él, es lo que hace avivar nuestra fe mediante la entrega al Dios que nos ama (Primera conversación).
- ¿CÓMO VIVIR EN LA PRESENCIA DE DIOS?
Para el Hermano Lorenzo, vivir en la presencia de Dios no consiste en hacer cosas extraordinarias, sino en aprender a estar conti-nuamente unidos a Él en lo ordinario de la vida. Ser contemplativos en la acción. Para ello el hermano Lorenzo nos propone distintas prácticas que sintetizo del siguiente modo:
- Tener conciencia continua de que Dios está presente: es recordar que Dios está siempre con nosotros y dentro de nosotros.
- La conversación continua con Dios: hablarle con sencillez, pedirle ayuda antes de comenzar una tarea, ofrecerle lo que hacemos o darle gracias al terminar, incluso en medio del trabajo.
- Hacer todo por amor a Dios: no cambiando la actividad, sino la intención. No debemos cansarnos de hacer pequeñas cosas por amor a Dios, porque Él no toma en cuenta lo grande de la obra sino el amor con que la hacemos (Cuarta Conversación).
- Amar a Dios en todas las cosas: Nuestra única misión es amar a Dios y deleitarnos en Él (Segunda Conversación). Muchos no avanzan en la maduración cristiana porque se aferran a penitencias y ejercicios particulares mientras descuidan el amor a Dios (Tercera Conversación).
- No desanimarse por las distracciones o caídas: cuando uno se distrae o falla pide perdón con humildad y vuelve a Dios con confianza. Puso sus pecados ante Dios, tal como eran, para decirle que no merecía sus favor, sin embargo Dios seguía derramándolos en él abundantemente (Segunda conversación) .
- Alabar, adorar, amar a Dios: En nuestra conversación con Dios, también debemos aplicarnos en alabarle, adorarle y amarle por su infinita bondad y perfección (Cuarta conversación). El fin que debemos proponernos es el de convertirnos, en esta vida, en los más perfectos adoradores de Dios que podamos ser (Cuarta conversación).
EL GRITO DE LA PRESENCIA: EL CALVARIO COMO LUGAR DE LA PRESENCIA
Esa vivencia de la presencia de Dios no es un esfuerzo voluntarista, sino una apertura a aquel que tiene deseo de encontrarse con nosotros.
Este deseo tiene una de sus demostraciones dramáticas cuando el Hijo de Dios grita en la cruz “Tengo sed” (Jn 19, 28). En el momento de la absoluta ausencia de Dios, se revela de manera suprema su corazón, capaz de entregar a su propio Hijo para la salvación de todos.
El reino de Dios expresa su máxima cercanía en su máxima lejanía en la cruz. Si convertirse es girar nuestra atención hacia esa Presencia de Dios, el “Tengo sed” de Jesús en la cruz es el imán que atrae esa mirada.
Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dijo: «Tengo sed». Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca. Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo: «Está cumplido». E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu.
(Jn 19, 28-30)
En este grito se expresa el deseo de Dios de encontrarse con nosotros a traves de la persona del Hijo, que ha venido a poner su morada en nosotros y es el Reino entre nosotros (Lc 17, 20-21).
A lo largo de esta meditación, desglosaremos este grito de
Jesús en tres dimensiones que abarcan la totalidad de nuestra existencia cristiana: la sed que padece por cada uno de nosotros (salvación), la sed que Dios tiene de nosotros (proexistencia) y la sed que quiere prolongar en nosotros (misión).
El Calvario se convierte paradójicamente en lugar de la presencia de la Trinidad, donde se manifiesta la sed de Dios por nosotros a través de la Palabra. Con la expresión “Tengo sed” llega a su final el cumplimiento de la misión del Hijo, que ha sido la proclamación de la cercanía del Reino. Tras el reconocimiento de que todo se ha cumplido el Hijo entrega el Espíritu.
- SED POR TI, DE TI Y EN TI
Mientras los evangelios sinópticos (Mt, Mc, Lc) son como cámaras que van grabando la vida de Jesús con el que el lector camina descubriendo su identidad, el de Juan es un evangelio único, como si fuera un dron que se eleva a lo más alto para revelarnos la verdad desde el principio, la identidad divina de Jesús.
Su originalidad y singularidad no solo viene mostrada porque sólo en él encontramos el precioso prólogo, las bodas de Caná, la entrevista con Nicodemo, el encuentro con la samaritana o el lavatorio de los pies, sino por una manera preciosa de enfocar la pasión del Señor.
Quisiera centrarme únicamente en el modo en que los evangelios relatan el momento de la muerte de Jesús. Resulta llamativo el contraste entre ellos.
Marcos nos muestra el rechazo de Jesús al vino con mirra antes de su crucifixión (Mc 15,23). Luego, en el momento de mayor abandono, tras exclamar “Eloí, Eloí, ¿lema sabactaní?, justo antes de expirar, uno fue corriendo a ofrecerle de nuevo vinagre de una esponja (Mc 15, 34-37). Quién sabe cómo reaccionó Jesús en aquel momento en el que al parecer de Marcos sólo María Magdalena,
María la madre de Santiago, y Salomé miraban a lo lejos (Mc 15,40).
En Mateo, en cambio, Jesús prueba el vino mezclado con hiel, pero de nuevo lo rechaza. Al igual que en Marcos, antes de morir, le ofrecen vinagre en una esponja, sin saber la resolución.
Lucas, por su parte, elimina cualquier mención a estos episodios. En cambio, Juan es breve y directo: Jesús exclama “Tengo sed” (διψῶ), toma el vinagre que le ofrecen, dice “Todo está cumplido” e inclinando la cabeza entregó su espíritu (Jn 19,28).
Es un momento decisivo, en el que Jesús en la cruz pronuncia sus últimas palabras antes de morir: “Tengo sed”. A primera vista, esta frase puede parecer sólo una expresión física. Y lo es. El cuerpo de Jesús, agotado, herido, desangrado, está sufriendo intensamente. Pero el evangelista Juan quiere mostrarnos que detrás de estas palabras hay algo más.
No se trata solo de la sed del cuerpo, sino de una sed que tiene un sentido espiritual profundo. Una sed que nos interpela directamente. Os invito a profundizar estas palabras desde tres perspectivas: Jesús tiene sed por ti, de ti y en ti.
- UNA SED QUE SALVA: JESÚS TIENE SED POR TI
Mirar al crucificado es contemplar a un ser humano sediento. Indudablemente, la sed física de Jesús en la cruz tuvo que ser atroz. Estaba desangrado, exhausto y dolorido. No dudamos de la veracidad histórica de un gesto que era tan común de hacer con los crucificados del momento. Sin embargo, este “Tengo sed” de Jesús, tiene un sentido más profundo. El propio evangelista lo propone como cumplimiento de la Escritura:
- Sal 69,22: En mi comida me echaron hiel, para mi sed me dieron vinagre.
- Sal 22,16: Mi garganta está seca como una teja, la lengua se me pega al paladar; me aprietas contra el polvo de la muerte.
Es la sed del que da la vida por el otro hasta el final. Jesús tiene sed por ti, porque a veces elegimos apartarnos de su camino y lo crucificamos. A veces somos la causa de la sed de Jesús. Y a pesar de ello, el nos ama tanto que se consume hasta el final por darnos la vida prometida por el Padre. Sed de quien se entrega hasta el último aliento para que tú tengas vida. Sed del buen pastor que busca a la oveja perdida. Sed del que ha venido no para ser servido, sino para servir.
Una sed que se transforma en salvación. En la cruz, su deseo más profundo es cumplir hasta el final la voluntad del Padre, que no es otra que darnos la vida eterna. Por eso acepta el sufrimiento, por eso no huye, por eso permanece colgado del madero, como oveja llevada al matadero, Jesús da la vida por ti. Porque tú le importas. Porque tu vida tiene un valor infinito para Él.
Este es el sentido del cumplimiento de la Escritura de la que habla Juan: Jesús desea consumar hasta el final la misión que se le ha encomendado. Su sed no es sólo física: es el deseo profundo de que se complete la obra de la redención, de que tú y yo podamos tener acceso a Dios. Tiene sed de que tú vivas.
Él como los corderos eran entregados en el templo, se entrega por la salvación de todos. El evangelista Juan propone la imagen del hisopo, una planta frágil y pequeña inadecuada para poner una esponja empapapa. Los sinópticos, de hecho, hablan de caña. Este hisopo no sirve para poner una esponja y elevarla a un crucificado para que pueda mojar sus labios, sino que es un símbolo, puesto que con el hisopo se untaba, según Ex 12,22 la sangre del cordero pascual en el dintel y las jambas de las puertas. Al igual, que la noche de la pascua judía el ángel exterminador no entró en las casas protegidas por la sangre de los corderos, la sangre derramada por Jesús es motivo de salvación. Juan nos está diciendo que lo que está aconteciendo es la verdadera pascua. Es el momento en el que Jesús se entrega para darnos la vida eterna.
- UNA SED QUE ESPERA: JESÚS TIENE SED DE TI
El verbo dipsaô aparece en el evangelio de Juan solo en la escena con la Samaritana, en tres ocasiones, en la que Jesús le pide de beber, pero no bebe, sino que se ofrece como el agua viva. Cuando Jesús dice “Tengo sed”, está diciendo: Tengo sed de que tú vivas, de que tú bebas del agua viva que te ofrezco. Tengo sed de que tú conozcas al Padre y tengas vida en abundancia. Tengo sed de tu salvación. Al igual que a la Samaritana él nos dice hoy: el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna (Jn 4, 13).
Es decir, desea tu respuesta. No te obliga, no te impone nada. Pero espera algo de ti: espera tu apertura, tu acogida, tu entrega. Así como pidió a la samaritana: “Dame de beber”, y con ello le reveló que en realidad deseaba que ella se dejara transformar, hoy te pide a ti también una respuesta personal.
Jesús tiene sed de tu fe. Tiene sed de tu confianza. Tiene sed de que no vivas con indiferencia. Jesús desea tu amor, aunque sea imperfecto. Quiere que lo pongas en el centro de tu vida. Y, aunque tú no tengas grandes cosas que ofrecerle, Él se alegra de cada pequeño paso hacia Él.
- UNA SED QUE PERMANECE: JESÚS TIENE SED EN TI
Esto significa que su sed no se quedó en el pasado. Jesús crucificado vive hoy en el sufrimiento de muchas personas. Su sed continúa presente en cada ser humano que sufre. Jesús sigue sediento en los pobres, en los enfermos, en los solos, en los descartados. Cada vez que vemos a alguien necesitado, es Cristo quien nos pide: “Dame de beber”.
Cada rostro doliente es una llamada a responder. Como discípulos suyos, no podemos quedarnos pasivos ante ese clamor. Él ha puesto en nosotros su Espíritu para que llevemos alivio, justicia, consuelo y esperanza. Él cuenta con nosotros para calmar esa sed que sigue existiendo en el mundo.
Quizá todo esto se entienda aún mejor si alguna vez tenéis la oportunidad de entrar en una capilla de las Misioneras de la Caridad, la congregación fundada por Santa Teresa de Calcuta. A muchos, como al escritor Dominique Lapierre, les impacta profundamente la sencillez del lugar, pero sobre todo una frase escrita junto al crucificado: Tengo sed. No es solo una decoración ni un recuerdo piadoso. Es el corazón del carisma de las Misioneras. El 10 de septiembre de 1946, en un viaje hacia Darjeeling para un retiro espiritual, la Madre Teresa sintió interiormente que Jesús le hablaba desde la cruz con esa misma frase: “Tengo sed”. Comprendió entonces que esa sed de Cristo no era solo de agua, sino una sed de amor, de almas, de consuelo, de compasión. Desde ese momento, toda su vida se convirtió en una respuesta a esa sed de Jesús, especialmente presente en los más pobres y abandonados. Hoy, también a nosotros, Jesús nos mira desde la cruz y nos dice con ternura y verdad: Tengo sed en ti. ¿Cómo vas a responder?
EL DESEO DEL PARAÍSO: LA INVITACIÓN SALESIANA PARA LA CUARESMA
El cristianismo es en esencia escatológico (Zizioulas) y no se puede comprender sin la tensión que provoca la esperanza en el encuentro definitivo con Dios. Tradicionalmente, ese encuentro final ha sido nombrado con una palabra, paraíso, entendido como horizonte último que da sentido a la existencia cristiana.
Desde niño, Mamá Margarita había sembrado en el corazón de Juanito la esperanza en el paraíso. “Acuérdate que Dios te ve”, le repetía. Aquella máxima que lo educó en una viva vivida bajo la mirada amorosa de Dios y su presencia continua. Su madre insistía: “Todos los días de tu vida ten a Dios en tu mente”.
Esta vivencia del paraíso acompañó siempre a Don Bosco, y así la transmitió a sus muchachos desde el principio. El domingo siguiente del encuentro con Bartolomé Garelli, seis chicos llegaron junto a él a la Iglesia de San Francisco de Sales. No sólo les enseñó a rezar o a comportarse mejor, sino algo mucho más decisivo: el camino del paraíso. Juan Cagliero testimonia sobre Don Bosco:
Hablaba del paraíso con tanta viveza, tanto gusto y efusión de corazón, que enamoraba a quien le oía, y era evidente que la esperanza de los bienes celestiales le alejaba de él todo temor a la muerte. Hablaba del cielo como un hijo habla de la casa paterna; el deseo de poseer un día a Dios le enardecía más que la misma promesa del premio.
MB II, 127
La vida eterna ha sido una de las vivencias más bonitas que Don Bosco legó a sus jóvenes. De él se ha dicho que vivía como si viera al invisible, y esto sin duda le hacía pensar en una vida junto a Dios y sus muchachos más allá de la muerte:
¡Qué alegría cuando estemos todos en el paraíso! ¡Sed buenos y no tengáis miedo! Pues, ¿qué?¿Creéis acaso que el Señor ha creado el paraíso para dejarlo vacío?
Este era el anhelo de Don Bosco, llevar a todos al paraíso. ¡Qué pena que hayamos perdido esta esperanza, y hayamos convertido la vida eterna en una especie de jucio donde Dios decide si quiere mandarnos al cielo o al infierno!
Ese fue siempre el gran anhelo de Don Bosco: llevar a todos al paraíso. Resulta doloroso constatar cómo, con el tiempo, esta esperanza se ha ido debilitando, hasta convertir la vida eterna en una especie de juicio administrativo donde Dios decide arbitrariamente si concede cielo o infierno.
Esta pérdida del horizonte escatológico atraviesa buena parte del cristianismo contemporáneo y explica, en parte, la inquietud que llevó a Javier Cercas a escribir El loco de Dios en el fin del mundo.
En el relato del viaje del Papa a Mongolia, el autor confiesa su deseo de hablar cinco minutos a solas con Papa Francisco para preguntarle, sin rodeos, si era verdad que su madre volvería a ver a su padre, si le daría el abrazo que ella había esperado durante toda su vida como creyente.
Con frecuencia vivimos atrapados en la incertidumbre sobre la salvación, olvidando una afirmación central del Evangelio: Dios quiere que todos los hombres se salven (1 Tim 2,4). Para Don Bosco, esta certeza era el motor de su vida. Por eso repetía con naturalidad: “descansaremos en el paraíso”. Sabía que toda su existencia era misión, un servicio al deseo de Dios de encontrarse con todos sus hijos.
Este es, quizá, el deseo que Don Bosco nos invitaría a reavivar en esta Cuaresma: desear el paraíso. No como huida del presente, sino como esperanza que transforma el presente.
En 1856 escribió un libro titulado “La llave del Paraíso”, una obra parecida a la de “El Joven cristiano”, pero realizada para la totalidad de los fieles, no solo para jóvenes. En este compendio sobre las verdades de la fe cristiana dedica un apartado a los “Pensamientos sobre la eternidad” que introduce recordándonos que “cada momento de tu vida es un paso hacia la eternidad”.
Termina el apartado con una preciosa oración que podríamos hacer cada uno de nosotros:
¡Oh Dios mío! ¡Oh Padre de misericordia! Creo en ti, y por tu santa Palabra creo en dos eternidades. Espero en ti, y de ti, por los méritos de Jesucristo tu Hijo, espero una bendita eternidad. Te amo con todo mi corazón, lleno del más profundo arrepentimiento por haber empezado a amarte tan tarde. Quiero, y con la ayuda de tu gracia, prometo amarte hasta mi último aliento, para amarte por toda la bendita eternidad. Así sea
De este libro se vendieron más de 800.000 ejemplares en cuarenta ediciones. Concluyo con dos diálogos que nos pueden ayudar a vivir este deseo del Paraíso.
- ¿Podré ver, desde el paraíso, a mis compañeros del Oratorio y a mis padres?
- Sí; desde el paraíso verás la marcha del Oratorio y a tus padres también, y cuanto se refiera a ellos, y mil otras cosas mucho más agradables aún.
El primero tuvo lugar en la víspera de la marcha de Domingo Savio del Oratorio de Valdocco. Consciente de que no volvería allí, Domingo no se apartaba del lado de Don Bosco con el que hablaba del paraíso:
La segunda son las últimas palabras que Don Bosco dirigió a Don Bonetti tres días antes de morir: “Dile a los jóvenes que los espero a todos en el Paraíso”.Una última mirada, no para sí mismo, sino para todos. Hasta el último aliento, su horizonte fue la salvación de sus muchachos. Su vida no se entiende sin esa frase; su pedagogía, su incansable trabajo, sus desvelos, sus escritos, sus lágrimas y su alegría tenían un único fin: que ninguno se perdiera.
En esas palabras resuena una pregunta dirigida a nosotros: ¿vivimos con ese mismo deseo? ¿Deseamos realmente el paraíso para nosotros y para todos los que nos rodean? Ojalá al recordar aquellas últimas palabras, vivamos de tal manera que un día podamos reencontrarnos con él y con aquellos a quienes amamos.