EL HOMBRE ES CRIADO PARA ALABAR, HACER REVERENCIA Y SERVIR A DIOS NUESTRO SEÑOR
Y, MEDIANTE ESTO, SALVAR SU ÁNIMA;
Ejercicios Espirituales (nº 23)
El Origen de los Ejercicios Espirituales
Los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola son una de las prácticas más influyentes en la espiritualidad cristiana. Nacidos de la experiencia personal del fundador de la Compañía de Jesús, estos ejercicios fueron concebidos como un método de conversión y discernimiento para quienes buscan un encuentro más profundo con Dios.
Ignacio, antes de convertirse en sacerdote, tuvo una fuerte experiencia de transformación tras ser herido en la batalla de Pamplona en 1521. Durante su convalecencia, la lectura de textos espirituales como la Vida de Cristo y La Imitación de Cristo despertó en él el deseo de abandonar su vida mundana y seguir a Jesús de manera radical.
Su proceso de conversión lo llevó a realizar un retiro en la cueva de Manresa, donde vivió una intensa experiencia mística que le permitió desarrollar los principios fundamentales de sus Ejercicios. Con el tiempo, Ignacio estructuró estos ejercicios en un manual que sirviera como guía para el ejercitante, ayudándolo a ordenar su vida según la voluntad de Dios. Este método se centraba en la contemplación de la vida de Cristo, la revisión personal de la propia existencia y el discernimiento de la vocación particular de cada persona.
Los Ejercicios Espirituales ignacianos se basan en cuatro semanas o etapas que guían al ejercitante a través de un itinerario de purificación y crecimiento espiritual. En la primera semana, se reflexiona sobre el pecado y la necesidad de conversión. En la segunda, se contempla la vida pública de Jesús y se medita sobre su llamado al seguimiento. La tercera semana está centrada en la Pasión de Cristo y en la aceptación del sufrimiento como parte del camino cristiano. Finalmente, en la cuarta semana, se vive la alegría de la Resurrección y se profundiza en el amor y servicio a Dios.
La espiritualidad ignaciana tuvo una profunda relevancia en la vida de Don Bosco. Ignacio de Loyola fue uno de las fuentes espirituales junto a San Francisco de Sales. Encontró en los Ejercicios una herramienta valiosa para su propia vida espiritual y para la educación de sus jóvenes del Oratorio de Turín. Destaca sobre todo su experiencia desde joven sacerdote, especialmente durante su etapa en el Convitto Eclesiástico y su participación en los Ejercicios en la Casa de San Ignacio de Lanzo. Aunque Don Bosco adaptó los ejercicios a las necesidades de los jóvenes, los principios ignacianos de discernimiento quedaron arraigados en la pedagogía salesiana.
“Ejercicios espirituales, se entiende todo modo de examinar la conciencia, de meditar, de contemplar, de orar vocal y mental, y de otras espirituales operaciones, según que adelante se dirá”.
– Nº 1 DE LOS EJERCICIOS ESPIRITUALES
PRIMEROS CONTACTOS DE DON BOSCO CON LA ESPIRITUALIDAD IGNACIANA
Los jesuitas habían llegado al Piamonte en 1561 y cinco años más tarde a Turín. En 1610 dos jesuitas son enviados a Lanzo, donde se dedicará una capilla a San Ignacio de Loyola, que con el tiempo se convertirá en Centro de Ejercicios Espirituales dirigidos por el Convitto eclesiástico, una práctica que será obligatoria una vez al año para religiosos y seminaristas.
Monseñor Jacinto había confiado a Pío Brunone Lanteri, José Cafasso, José Allamano, su sobrino, y Luis Guala, dirigir y predicar dichos ejercicios.
En las memorias del Oratorio encontramos cómo ya en el Seminario de Chieri, Don Bosco entra en contacto con los Ejercicios Espirituales predicados por el teólogo Borel, gran amigo y compañero de Don Bosco durante los inicios del Oratorio, e incluso llegó a suplirlo cuando se marcho enfermo a I Becchi:
Precisamente ese año tuve la fortuna de conocer a uno de los sacerdotes más fervorosos.Vino a predicar los ejercicios espirituales al Seminario. Siempre entraba a la sacristía sonriente y jocoso, pero nunca dejaba de insinuar alguna buena enseñanza. Al observarlo cuando preparaba la Misa, durante la acción de gracias o en la manera y el fervor con los que la celebraba, me di cuenta en seguida de que se trataba de un excelente sacerdote. Era el teólogo turinés Juan Borel.
En los meses previos a su ordenación, realizó un retiro espiritual de diez días con los Padres Lazaristas en el Convento de la Visitación. Allí recibió instrucciones de Marco Antonio Durando, un sacerdote vicentino conocido por su celo apostólico. Este retiro fue decisivo para su preparación, pues le permitió hacer un examen profundo de su vocación y confirmar su deseo de entregarse completamente a la obra de Dios. Durante estos días, escribió sus compromisos sacerdotales, en las que expresó su intención de vivir una vida de sacrificio, humildad y amor por los jóvenes pobres.
Dadas las virtudes que se requieren para este importantísimo paso, no estaba lo suficientemente preparado; pero como no tenía quién me ayudara directamente en los asuntos de mi vocación me aconsejé con el padre Cafasso, el cual me dijo que siguiera adelante y que fiase en su palabra. Durante los diez días de los ejercicios espirituales hechos en Turín, en la casa de la Misión, me preparé para la confesión general de tal forma que el sacerdote pudiera tener una idea clara de mi conciencia y me diera algún consejo oportuno. Deseaba coronar mis estudios, pero me atemorizaba el pensamiento del compromiso que iba a hacer por toda la vida, por esa razón no quise tomar una decisión definitiva sin tener antes el pleno consentimiento del confesor [MO 37].
El 5 de junio de 1841, Juan Bosco fue ordenado sacerdote en la capilla arzobispal de Turín por el arzobispo Luis Fransoni. Tras unos meses de sacerdote, llegó al Convitto Eclesiástico, invitado por Don Cafasso. Fue él quien lo llevó por primera vez con él a los Ejercicios de San Ignacio en 1842. Don Bosco lo siguió acompañando predicando y confesando en los que daba a los seglares. Él mismo cuenta que en 1844 dirigía triduos, novenas, ejercicios espirituales [MO 42].
Desde 1842 hasta 1874, San Ignacio de Lanzo fue su destino principal para los ejercicios anuales, con una interrupción en 1848-1849. Su último retiro en San Ignacio de Lanzo fue en agosto de 1874. Sin embargo, continuó haciendo retiros en otras casas hasta sus últimos años. Su último Ejercicio de la buena muerte fue el 28 de enero de 1888 al pronunciar aquella famosa frase: diles a mis hijos que los espero a todos en el Paraíso.
Práctica del oratorio: EJERCICIOS A LOS JÓVENES DEL ORATORIO DE VALDOCCO
Don Bosco iba con sus muchachos a Lanzo en peregrinación. Eran unos 7 kílómetros y medio. Así narra en sus Memorias la primera vez que los hizo para los jóvenes de su Oratorio en mayo de 1848:
Con ese mismo objetivo ensayé aquel año (1848) una pequeña tanda de Ejercicios Espirituales. Reuní en el Oratorio unos cincuenta, que también se quedaban a comer y a dormir, con excepción de algunos, que por falta de camas pasaban la noche en su casa y volvían por la mañana. Esto desafortunadamente les hacía perder algo del fruto de los sermones e instrucciones que se tienen en estas circunstancias. Comenzamos el domingo por la tarde y terminamos en la noche del sábado. Nos dio un resultado bastante bueno. Muchos a los que se les había trabajado bastante sin resultado alguno mejoraron notablemente su vida. Algunos
siguieron la vocación religiosa, otros, como laicos, fueron asiduos en su asistencia al Oratorio.
Los Ejercicios Espírituales en la Pedagogía Salesiana
Los Ejercicios Espirituales adaptados a los jóvenes eran una oportunidad para acompañarlos en su crecimiento personal y espiritual, brindándoles un espacio de encuentro profundo con Dios y consigo mismos. A través de este retiro, se les ayudaba a fortalecer su compromiso con la vida cristiana, a abrazar el llamado a la santidad y a prepararse para discernir con claridad su vocación, ya fuera en la vida consagrada, sacerdotal, matrimonial o en cualquier otra misión dentro de la sociedad.
Don Bosco comprendía la importancia de estos ejercicios para la formación integral de los jóvenes y, por ello, no escatimaba esfuerzos para asegurarse de que pudieran vivir esta experiencia. Como muestra de su dedicación, solía realizar largas caminatas de más de siete horas desde Turín hasta Lanzo Torinese con el fin de llevar a cabo los Ejercicios Espirituales. Su entrega incansable reflejaba su profundo amor y preocupación por el bienestar espiritual de los muchachos y muchachas a su cargo.
Entre las recomendaciones que Don Bosco daba especialmente a las jóvenes que participaban en los Ejercicios Espirituales, se destacaban las siguientes:
- La observancia del silencio: Excepto en los momentos de recreo, se pedía mantener el silencio para facilitar el diálogo con Dios, fomentar la introspección y permitir que la Palabra de Dios resonara en el corazón.
- Diligencia en participar en las prácticas de piedad: La asistencia puntual y activa a la oración, la Eucaristía,la adoración y otras devociones fortalecía la vida espiritual y ayudaba a cultivar una relación más profunda con Dios.
- Reflexionar sobre la propia vida y el propósito que Dios tiene para cada uno: A través de la meditación y el examen de conciencia, se invitaba a las jóvenes a considerar el rumbo de sus vidas, identificar áreas de mejora y descubrir cómo podían responder generosamente al amor de Dios en su día a día.

